CABELLO AFRO · MEDELLÍN
Dulce Afro: la transformación de un cabello que el
racismo intentó borrar
Cuando decidió empezar a amar y comprender su cabello
natural, entendió algo que le cambiaría la vida: el
problema nunca había estado ahí. El problema era un
sistema entero —industria, lenguaje, mercado— que nunca
le había dado el conocimiento ni las herramientas para
quererlo tal como era. Alisarse nunca había sido,
realmente, una decisión libre; había sido la única
opción disponible.
Ese cambio, sin embargo, no nació únicamente de los
videos ni del conocimiento que encontró en internet.
También fue posible gracias a una herencia mucho más
silenciosa: la de una madre que, incluso después de
atravesar la violencia y la incertidumbre, nunca dejó
de enseñarle que siempre había otra forma de seguir
adelante. Antes de aprender a cuidar su cabello,
Alexandra ya había aprendido algo igual de importante:
la resistencia también podía heredarse.
Alexandra creció en Medellín, pero su historia empezó
mucho antes de llegar allí. Sus primeros años de vida
están ligados a Cocorná y El Bagre, Antioquia, pueblos
donde su mamá fue maestra y donde el aula era, muchas
veces, uno de los pocos lugares donde la comunidad
todavía podía respirar. Corrían los últimos años del
siglo pasado, cuando ambos municipios se convirtieron
en escenario de una disputa armada que no daba tregua.
Cocorná era un corredor estratégico disputado entre
guerrilleros y paramilitares, y El Bagre ardía por el
control del oro y la coca bajo el régimen del terror
del Bloque Mineros de las AUC.
Fueron los primeros territorios donde ella enseñó, en
años en los que dar clase también significaba estar en
medio del fuego cruzado.
Alexandra no guarda esos recuerdos como propios; los
heredó de su madre.
Lo que sí recuerda, y marcó su infancia, fue la
ausencia. Su padre se fue cuando ella tenía
aproximadamente cuatro años, sin explicación, dejando
a su madre sola frente a la tarea de sacar adelante a
sus hijos. No hubo red de apoyo ni ahorro familiar.
Hubo, en cambio, una mujer que —como recordaría después
Alexandra— nunca le enseñó a tirar la toalla.
“Siempre tuve una mamá muy resiliente. Ella me enseñó
que era necesario sobreponerse a las situaciones y
buscar la manera de seguir adelante, incluso cuando las
circunstancias fueran muy difíciles”, afirma Alexandra.
Con esa herencia de resistencia a cuestas y ya con las
herramientas para nombrar lo que antes solo sentía,
Alexandra empezó a caminar hacia lo que después sería
Dulce Afro.
El camino de la idea al negocio no fue una línea recta
ni una decisión repentina. Pasaron años entre el
primer video de YouTube y el primer producto vendido.
En medio hubo un familiar que le regaló un gel
importado, de esos que usaban las youtubers que ella
veía desde niña.
Alexandra lo guardó como un tesoro.
También hubo ensayos de cuidado con productos pensados
para otro tipo de cabello y la paciencia de ir
armando, poco a poco, un conocimiento que nadie le
había entregado de fábrica sobre cómo cuidar el suyo.
En el año 2018, cuando Alexandra empezó a emprender fue
casi de manera accidental. Una conocida que distribuía
una marca colombiana de productos capilares decidió
retirarse del negocio y le cedió su lugar.
Para asumirlo necesitaba un capital que no tenía. Fue
entonces cuando su madre le prestó 350.000 pesos.
Se los entregó con algo de desconfianza, porque
Alexandra nunca antes había mostrado señales de querer
emprender, vender productos o hacer negocios. Aun así
decidió confiar y lo hizo con una frase que sonaba casi
a un acto de fe:
“Tome la plata y hágalo bien”.
Con ese dinero nació lo que primero fue un negocio
multimarca. Alexandra distribuía y recomendaba
productos de otras compañías, probándolos ella misma
antes de sugerirles a sus clientas. Fue justamente esa
cercanía con tantas fórmulas la que le mostró un
vacío: no existía un solo producto capaz de dar, en un
solo paso, el resultado que muchas mujeres —ella
incluida— buscaban.
Había que combinar dos, tres y hasta cuatro productos
de marcas distintas.
Entonces decidió crear el suyo.
Aprendió formulación de cosméticos por su cuenta,
visitó los locales cercanos a la Plaza Minorista de
Medellín preguntando por insumos y ensayó fórmulas en
su propia casa hasta encontrar una que la convenciera.
Esa fórmula, nacida entre ensayos en la cocina de su
casa, marcó el inicio del primer producto de Dulce
Afro, la marca que ella misma fundaría.
“Yo traté de ser consciente de las posibilidades y
capacidades que tenía. Revisé qué podía hacer y decidí
aferrarme a eso. Pensé que debía hacer muy bien aquello
que estaba dentro de mis posibilidades y que, si algo
no podía conseguir inmediatamente, podría alcanzarlo
más adelante.”
Alexandra empezó con lo que tenía: conocimiento,
curiosidad, experiencia y los recursos que encontraba
en el camino. Con ellos fue construyendo sus propias
oportunidades y, poco a poco, una empresa que también
terminó convirtiéndose en una forma de transformar
aquello que alguna vez le hizo sentir que no encajaba.
Detrás del nombre de la marca hay una decisión
consciente. Alexandra creció escuchando que el cabello
afro era “duro”, “difícil” o “feo”: un vocabulario
entero construido para convertirlo en un problema que
debía resolverse.
Cuando llegó el momento de nombrar su marca quiso hacer
exactamente lo contrario.
Ella misma lo resume así:
“A mí el cabello afro me parece similar a un algodón de
azúcar. Desde esa idea comencé a construir una
analogía visual y conceptual. El logo de la marca
representa un algodón de azúcar rosado con un trinche,
pero, al mismo tiempo, la forma puede verse como un
cabello afro.”
De ahí nació la analogía que sostiene toda la
identidad de la marca. Nadie mira un algodón de azúcar
y lo describe como feo, duro o desagradable. Al
contrario, se habla de él como algo suave, esponjoso y
delicado.
Ese fue el lenguaje que Alexandra decidió trasladar al
cabello afro.
Cambiar las palabras también era cambiar la manera de
mirarse.
Hoy la marca sigue creciendo casi enteramente desde
canales digitales, sostenida por las reseñas de sus
clientas, por asesorías personalizadas y por un
catálogo de productos propios en proceso de
certificación ante el INVIMA.
Pero, más allá de las ventas, lo que Alexandra
construyó con Dulce Afro es, en el fondo, la respuesta
adulta a la niña que una vez se alisó el cabello para
poder ser vista como bonita: un lugar donde ese mismo
cabello, en su forma más natural, ya no tiene que
esconderse.
Si esa niña de nueve años pudiera ver en qué se
convirtió, quizá no lo entendería de inmediato. Ella
solo sabía que alisarse el cabello era el precio de ser
querida. No tenía cómo imaginar que, años después, esa
misma textura que la hizo sentir fuera de lugar sería
el corazón de una marca, un lenguaje y una comunidad
entera construida para decirles a otras niñas lo que
nadie alcanzó a decirle a tiempo.
Alexandra no borró a esa niña. La lleva en cada
fórmula, en cada nombre dulce que le pone a un producto
y en cada palabra que decidió no volver a usar. Dulce
Afro es, en el fondo, la carta que la mujer de hoy le
escribe a la niña de entonces: que su cabello nunca
estuvo mal, que jamás tuvo que esconderse y que
siempre fue, y sigue siendo, hermoso al natural.